Voces brigadistas

donar suport a la causa palestina

Fragmento literal del diario de viaje a Palestina

22 de agosto de 2022

Fragmento literal del diario de viaje que tuvo lugar el año pasado en nuestra visita a Palestina durante las ‘Brigades de Solidaritat’ que organiza la Associació Catalana per la Pau y la Fundació Pau i Solidaritat de CCOO. La situación tiene lugar en el antiguo y bello pueblo de Deir Istiya, y el castillo del que hablo en realidad es un palacio llamado Abdel-Rahim Mosa Abu-Hijla, localmente conocido como ‘Al-Qasr’.

Pasada el alba me levanto con el mordisco de mil y un mosquitos. Abro los ojos y para mi sorpresa soy la primera alma despierta en el cuarto que habitamos las tres personas de las siete brigadistas que somos en total.

Salgo y leo un rato en el necesario frescor de la sombra escurridiza. Para después, caminar por el palacio en busca del sitio ideal. Todos lo son y en todos siento lo bello de habitar un edificio del pasado.

Aquí en Deir Istiya, la gente nos ha acogido con los brazos abiertos y nos han cedido un antiguo castillo otomano reformado en hotel para que lo habitemos estas tres noches.

Salgo a la calle, en dirección a la casa del hombre que gestiona nuestros movimientos en este pueblo a la vez que nos hace de traductor (y único lugar con conexión wifi accesible).

Sentado en el sofá que da paso a las escaleras de entrada a la casa pienso en nuestra contraparte en Deir Istiya. Él es un hombre mayor, canoso y arrugado, que fuma sin cesar hasta el momento de encender otro cigarrillo mientras habla tan lenta como soporíferamente acerca de la interesante historia de su país. Y su mujer, muchos años más joven, fuma con su narguile o shisha, un tabaco con sabor a Melón. Reviso el teléfono y me decido a volver.

De vuelta, en el palacio, me dejo llevar por lo mágico del ambiente mientras leo hasta que un alma despierta y me saluda. Es Madi, que me da los buenos días en respuesta a los míos.

Me dispongo a salir, esta vez en busca de un sobre de café instantáneo de la tienda. Al volver por el camino inicial en dirección al palacio, esta vez con el sobre de café en el bolsillo, veo una señora mayor con su típico hiyab sentada frente a una higuera.

Parece estar esperándome, con su bastón envuelto en cinta aislante negra, me habla en un idioma que no logro comprender. Pero sus gestos son más que suficiente para hacerme comprender que quiere que le coja higos.

Pienso que son para ella, y que tal vez sea la manera en que me pide ayuda para recolectar el fruto que le servirá de desayuno hoy, lunes veintidós de agosto del año dos mil veintidós.

Con el bastón en una mano, pegajoso por la cinta, a duras penas puedo mover las ramas, saltando para llegar con mi extensión artificial al fruto suficientemente maduro. Consigo tres o cuatro higos que ella me ofrece y se niega a coger.

Con una sonrisa amplia y sincera vuelvo por el camino de piedra hasta la puerta del palacio. La abro y me quedo de pie explicando a Madi lo ocurrido. Me como los higos y antes de darme cuenta unos golpes metálicos me sorprenden.

Bajo las escaleras y al abrir la puerta, veo a la misma mujer ofreciéndome, desde un cesto improvisado con su vestido, una buena cantidad de higos que ni comparación podían tener con la calidad antes adquirida por mí. Me los da y con una sonrisa vacía de dientes, me enseña orgullosa como ella se ha quedado tres para almorzar. Que momento tan mágico.

Le doy las gracias en un árabe errático y tras una sincera y silenciosa despedida desaparece tras la puerta.

Estoy enamorado de la gente palestina y sus costumbres. Las personas ancianas parecen de una especie distinta a las jóvenes que con su abrumante mayoría inundan el pueblo con sus ruidosos coches y quehaceres.

El sesgo generacional, más que evidente, se torna un problema para mi comprensión, y pronto me doy cuenta de que en un territorio tan convulso y disputado, sumado al fenómeno de la globalización, la distancia generacional es un paso insalvable entre nietos y abuelos.

Ahora, desde la lejanía que te provee el tiempo, aprecio aquello del orden de lo mágico tal como la señora y los higos lo eran. Tal como los pájaros que descansan en el techo y tal como las uvas que en un ataque de valentía me atreví a coger de una parra elevada en unas ruinas colindantes al palacio.

Desde ahora y para siempre me veo en la obligación de apoyar la causa palestina. Algo que más allá de las atrocidades del régimen del apartheid israelí, es lo que compone la vida de gentes tan maravillosas como las palestinas y su cultura de resistencia.

Texto i fotografías de Joel Aguilera (Brigada Palestina 2022)