Voces brigadistas

La resiliencia palestina

Imagínate tener que aguantar controles militares a la salida de tu pueblo, quedarte a dormir en el trozo porque si te vas existe el riesgo de que las fuerzas de ocupación israelíes lo expropien, o tener que hacer turnos de vigilancia de tu casa por el riesgo de un asalto de los colonos. Imagínate ser refugiado en tu propio país y que un muro de hormigón te separe de tus vecinos. Este es el día a día de la población palestina que vive en la Cisjordania ocupada.

Desde Ramallah a Tulkarem, Nablus o Beka’ot, recorremos la tierra palestina superando los diferentes check points donde los soldados israelitas, atrincherados detrás de sacos de arena, intimidan a punta de metralleta a todo aquel que circula. Bajo su criterio, pueden tomar la decisión de cerrar un municipio, realizar allí una intervención militar y llevarse a algunos jóvenes, o directamente abrir fuego y sumar números a las cifras de palestinos asesinados. En julio de 2023, se calcula que ya habían muerto 156 personas palestinas a manos de la violencia israelita, de las cuales 38, afirma Save the Children, eran menores de edad.

La presencia de colonos en las carreteras entre pueblos es constante, los asentamientos donde viven son comunidades aisladas que disfrutan de la protección del ejército y el soporte económico del gobierno de Israel. Desde las diferentes tierras de cultivo que visitamos, se pueden ver varias: seleccionan las áreas más fértiles y con pozos de agua, y de noche cortan los accesos, establecen un perímetro militar y empiezan a construir. En una semana, pueden edificar un asentamiento entero. ¿Su objetivo? Expandir el terreno ocupado y limitar el desarrollo económico de la población palestina.

Los asentamientos son considerados ilegales por las Naciones Unidas y distintas resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU han exigido el cese de la práctica, a pesar de ello, la ONG Peace Now alerta que su construcción se ha incrementado en un 300 % este 2023, habiendo casi 300 asentamientos y más de 700.000 colonos entre Jerusalén Oriental y Cisjordania. De hecho, es habitual verlos paseando por las calles con ametralladoras cruzadas en la espalda.

El centro histórico de la ciudad de Hebrón es la escenificación en miniatura de la ocupación. Diferentes controles dividen las calles entre la zona judía y la palestina, unas calles que recorremos en silencio y con cierta tensión. Alzando la vista se ve un cielo cubierto por redes protectoras que buscan prevenir el lanzamiento de piedras y objetos por parte de los colonos a los comercios de los palestinos, que ahora permanecen cerrados, rendidos, después de años de soportar el acoso. Según la ONG B’Tselem, desde 1994, más de 1.000 familias palestinas han abandonado el centro histórico, y un 77 % de los comercios han cerrado. Con algunas excepciones, nos explican su sufrimiento diario y la importancia de resistir.

El desplazamiento de la población palestina, expulsada de su propia tierra, es constante desde la Nakba de 1948. Ciudades como Belén o Jenin están llenas de campos de personas refugiadas, ya integradas en la trama urbana y que con banderas en las ventanas reivindican su derecho al retorno.

La resiliencia es la capacidad de un individuo para sobreponerse a una situación desfavorable o de riesgo, y no hay duda que el pueblo palestino es el ejemplo. Asociaciones como Palestinian Farmers Union o Ibda Cultural Center, con proyectos para el desarrollo de la infancia, las mujeres y los agricultores, son la esperanza y la noticia que los medios de comunicación generalistas no cuentan, después de 75 años de ocupación israelita.

“Nuestros olivos tienen más años que su Estado. Esta tierra nos pertenece y no nos iremos”, aseguraba Sheerif, de Jayyous.

Texto y fotografías de Núria Marín y Valls (Brigada Palestina 2023)