Voces brigadistas

Apuntes de una estada en Palestina

Llegamos a casa de Abu Aiham, nuestro primer destino. Nos recibe con su mirada azul, limpia, clara, curiosa, unos ojos redondos sobre un rostro redondo como una luna llena y coronado con unos cuantos cabellos esparcidos y bien peinados. Entramos en la salita de las visitas, sombría y bien puesta, y pronto llegan los tés azucarados y las bebidas gaseosas servidas por su mujer, Najwa, de ojos vivos y atentos, con quien al cabo del día acabaré teniendo suficiente confianza como para que me enseñe complacida las fotos de su reciente viaje a Estambul. Iniciamos una conversación amable, aparece el hijo y la nuera y los nietos, intercambiamos miradas sorprendidas entre nosotros cuando vemos al mayor, de cinco años, manejando tranquilamente una pistola de juguete. Ese día iremos a una boda y los chicos harán toda la gresca masculina mientras las chicas visitamos brevemente la sala donde charlan las mujeres. Al atardecer, después de hacer visita primero a casa del novio y comer una enorme y dulcísima kunfa -la mejor es la que hacen en Nablus, nos aclara alguien-, y más tarde a casa del vecino, cuando ya haya caído la noche y refresque, sacaremos las sillas de plástico y nos sentaremos en el patio, y hablaremos de la esperanza y del futuro y de la fuerza de la sonrisa, mientras dejamos que lentamente descanse el día.

Entrevistábamos a Basila, que había sido directora del colegio y ahora, ya jubilada, participa activamente en una cooperativa agrícola de Kufr Ein. Salvar la tierra es salvar Palestina, eso es indiscutible. Cuando ya casi acabamos interviene en la conversación una joven de mirada decidida, los ojos brillantes en un rostro bien delineado por el pañuelo, de pie enfrente nuestro, su hijo de meses reclinado sobre la cadera. Nos habla en árabe y no entendemos las palabras, pero sí el sentido de lo que dice, el orgullo de ser palestinos y el amor a la tierra y la necesidad de perseverar. Escucharla es como escuchar un largo poema, la belleza de la lengua fluye y la determinación de quién quiere mirar el futuro de cara, sin miedo ni vergüenza.

La violencia no es el camino, Dia hace tiempo que lo tiene claro, dice, pero a veces se te enciende la sangre y no ves otra salida. Como cuando Israel atacó Gaza en el 2014 y se te rompe el corazón al saber que han asesinado a tantos inocentes, los niños sobre todo, y la rabia te lleva a ti y a tus amigos a incendiar instalaciones militares, civiles que no tienen la culpa, pero los militares sí. Y vuelves una y otra vez, hasta que te atrapan y vas a prisión. Nos lo cuenta con un mirar tranquilo, sin remordimientos, convencido que la lucha ahora pasa por dar a conocer la situación en que viven los palestinos, como está haciendo con nosotros, mientras conversamos en la azotea de su casa, aprovechando la noche y el fresco, en compañía de sus padres y de su mujer y la Cília, la hijita de meses. Y la lucha pasa también por aprender, y por eso quiere ir a profundizar estudios de ingeniería en Alemania. Y trabajar y aprender y luego volver, claro, volver.

Estamos en Tulqarem. Cada domingo, veinte mil personas atraviesan el largo túnel de hilados para ir a trabajar o a buscar trabajo en el otro lado del muro del apertheid, en las fábricas israelíes. Acostumbran a ser veinte minutos de trayecto, si los soldados no deciden lo contrario. A la una de la madrugada ya hay algunos que hacen cola para ser los primeros cuando abran a las cuatro. Son los que no tienen un trabajo fijo, tan solo un permiso para buscar uno. Cuando salgan al otro lado, esperarán que alguien los contrate para el día, quién llega antes tiene más posibilidades, y quizá el precio ofrecido será más alto. De los veinte mil, la mitad se quedarán a dormir en el otro lado, donde puedan, para no tener que volver a someterse, cada día, a la ida y a la vuelta, el trago humillante del control de documentos, de los escáneres, de las retenciones arbitrarias, y volverán el jueves, para pasar el fin de semana con sus familias. Una cola inacabable de hombres y alguna mujer que ahora vuelven del trabajo y caminan apresados hacia la reja giratoria y hacia el llano, la mirada cansada, resignada, apagada. Bajo un sol de plomo, se escampan por el mercado improvisando donde quizá compraran alguna verdura y hacia casa, donde sea. Cada día que atraviesan el check-point los arranca humanidad, los ensucia, los somete un poco más.

El Rezeq, alto y delgado, los ojos pequeños y concentrados, cigarro entre los dedos, tímida sonrisa nerviosa en un rostro colorado por el sol, la boca medio desdentada. En el valle del Qanà, sentados en la sombra de una higuera después de caminar bajo el sol batiente del mediodía, mientras sobre un fuego improvisado el agua ya casi hierve para el próximo té, la mirada del Rezeq, habitualmente tímida, se vuelve melancólica por unos instantes. Ya hace rato que hablamos, me cuenta con precisión los asentamientos que se ven desde aquí, arriba de los cerros que definen el valle, y en la libreta amarilla que llevo escribe la lista completa de los que hay en los 220 kilómetros cuadrados de Salfid. Estamos en un parque natural, zona protegida según afirma el estado israelí. Eso quiere decir que los palestinos han dejado de tener acceso, tan solo algunos campesinos aún pueden cultivar pequeñas parcelas. Y no priva que los asentamientos aboquen aguas fétidas a falta de alcantarillas. Cuando le pregunto si viene a menudo, con el cigarro siempre en los dedos y mirando justo enfrente nuestro me señala unas ruinas al otro lado del camino y me dice con un punto de tristeza resignada “allí tenía la cabaña donde guardaba las cabras, los soldados me la tiraron”.

Venezolana, palestina, musulmana, la Nawal vino a vivir a Deir Ballout cuando se casó con un primo del pueblo. Fue la primera mujer en llevar coche por estas calles, acostumbrada como estaba en Venezuela. Y montó la primera guardería, que ahora quiere cerrar porque ya hay cinco -una de ellas del ayuntamiento- para hacer un albergue turístico, pionera también en esto. Nos acoge en la cooperativa agrícola que fundó hace dos años, encantada de contarnos la situación con pelos y señales, sus ojos que todo lo ven, desbordantes de una energía que choca frecuentemente con la resistencia amodorrada de la gente local. Ella no desiste. Es su pueblo y quiere que prospere. Por una pista de hoyos y piedra nos lleva con el pick-up hasta tocar el muro del apartheid, que aquí es una reja electrificada, y que deja ver, a lo lejos, los rascacielos urbanos de Tel Aviv y, más allá, el mar. De espaldas al muro, desplegando los brazos y la mirada a su alrededor nos muestra el extenso terreno, ahora pedregoso y árido, que cultivaban. La segunda intifada, la que trajo el muro como consecuencia, nos perjudicó mucho, dice con la voz mortecina y la mirada de repente afilada y fría. Ahora, todo está seco.

Mo’taz es nuestro contacto en Tubas, en la entrada del valle del Jordán, donde pasaremos cuatro días acogidos y guiados por algunos miembros del gobierno administrativo de la zona, un tipo de diputación. No habla inglés y nuestro árabe es demasiado insuficiente. Las conversaciones pasan por la traducción de Husam, director general en la “diputación”, un pedazo de hombre alto y fornido, vestido formal e impecable, con unos ojos verdes y brillantes que se te clavan cuando menos te lo esperas. A pesar de las dificultades idiomáticas nos entendemos bien con Mo’taz, parece que, más que con el oído, nos escucha con su mirada directa y rápida. Capta enseguida lo que nos interesa y lo organiza todo para que podamos entrevistar a las personas más adecuadas. Con él vamos a Bardala, donde cada jueves les cortan unos metros de la cañoneada que lleva agua al pueblo, para las casas y para los campos, las cosechas sufren mucho. Esta vez han sido ochocientos metros, la semana pasada, doscientos. Nos enseña filmaciones donde, en situaciones similares, sale en defensa de los campesinos y se enfrenta enérgicamente a los soldados. Con una mirada me pregunta si lo queremos tener para nuestro reportaje. Le sonrío y le digo que sí y sé que, otra vez, nos hemos entendido.

Visitamos Hakoritna, una pequeña empresa agrícola familiar, referente en permacultura. El muro del apartheid les quitó la mitad de las tierras y las dos hectáreas que les quedan, están encajonadas por tres lados: al oeste del muro, al norte y al este una fábrica de productos químicos posible causante de los elevados índices de cáncer y de embarazos truncados en Tulqarem. Es, por tanto, imposible que a esta familia agricultora les den nunca un sello de agricultura ecológica, aunque trabajan sin utilizar ningún tipo de producto químico industrial, hasta producen gran parte de la energía que consumen y han implementado unos sistemas de aprovechamiento de agua espectaculares por su sencillez, hasta el punto que estudiantes de ingeniería agrícola hacen prácticas allí para conocer cómo funcionan. Sus padres, me dice Aday con los ojos plácidos y el habla calmada, luchan desde hace dieciocho años para donar buen rendimiento al terreno y defender las cosechas del mobbing constante que practica el estado israelí. Se le llena la mirada de estima y respeto cuando me cuenta haber visto la madre enfrentarse decididamente a los soldados, la barriga enorme de un embarazo a poco tiempo de concluir, y tiene claro que su sitio es aquí.

Mi sueño es subir al Everest, pero antes quizá hacer el Kilimanjaro, en África. Le brillan los ojos mientras nos lo cuenta con una confianza absoluta y rotunda. Ha terminado ahora los estudios de secundaria y el próximo curso empezará estudios de ingeniería agrónoma a distancia. Se llama Reef. Cuando le pedimos si podemos hacerle un retrato se levanta contenta y nos pide que esperemos un momento. Vuelve con el pañuelo puesto con cuidado sobre el cabello, sonriente y preparada para la breve sesión de fotos. Las tres chicas hemos entrado en la casa de un campesino de Bardala y conversamos con las mujeres -la madre y las dos hijas-, mientras los chicos están fuera, con el padre y unos amigos.

Nos espabilamos con el poco árabe que recuerdo y las nociones de inglés de Reef. Conseguimos entender que la madre tuvo que dejar su casa cerca del mar en 1967 y que desde entonces lo echa de menos. De repente, la hija pequeña se escabulle de la salita y vuelve con un ramo de salvia acabado de recoger del jardín. La llaman mirameya y es especialmente olorosa. Nos llevaremos, pues, un trocito de Palestina a casa.

Texto de Rosa Mercader Verdés y fotografías de Juan Carlos Tejerina (Brigada Palestina 2018)