Voces brigadistas

Negoci agroalimentari Brasil MST

Si o campo não planta, a cidade não janta

En Brasil existe un grito que se repite a menudo en los campamentos del Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST): “Si o campo não planta, a cidade não janta” (si el campo no planta, la ciudad no come). Es una manera de recordar una evidencia que a menudo permanece escondida detrás del modelo agrícola que domina en el país.

En las últimas décadas, Brasil se ha convertido en una máquina de producir grano, carne, caña de azúcar y otros productos básicos destinados al mercado internacional. Para hacerlo posible, millones de hectáreas se han transformado en monocultivos, hecho que ha ocasionado la pérdida de ecosistemas diversos; se han introducido semillas modificadas genéticamente y se ha multiplicado el uso de fertilizantes químicos y pesticidas.

A pesar de ser uno de los productores agrícolas más potentes del mundo, una parte importante de la población brasileña continúa sufriendo inseguridad alimentaria y hambre. El motivo es que se priorizan los cultivos destinados a la exportación, mientras que los alimentos básicos de la dieta brasileña, como el arroz, las judías o la mandioca, pierden superficie año tras año. Como explica Benedito, miembro del MST del campamento Terra Nossa, Juazeiro (en el Estado de Bahia): “la población brasileña depende de los alimentos saludables, pero ellos, los latifundistas, solo quieren plantar caña de azúcar, y nosotros no comemos eso”.

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Violencia física y química

Para hacernos una idea, solo el cultivo de soja transgénica ocupa una extensión equivalente a la de todo Alemania, teniendo en cuenta que su expansión suele ir acompañada de deforestación, incendios, expulsiones de comunidades rurales y conflictos por la tierra. De hecho, entre 2019 y 2022, más de 700 personas miembro de comunidades indígenas fueron asesinadas en Brasil, según recoge la investigadora Larissa Mies Bombardi en el libro Agrotóxicos e colonialismo químico (WWF y Fundación Heinrich Böll, 2023).

A esta violencia territorial se suma otra de menos visible: la química. Cada año, casi un millón de personas se intoxican por el contacto con varios pesticidas, sustancias que se asocian a cánceres o malformaciones y que impactan sobre todo en gente que trabaja en el campo y miembros de pueblos indígenas, según la información de Larissa Mies Bombardi.

Lo más sorprendente es que muchos de estos productos están prohibidos en la Unión Europea por su toxicidad, pero siguen fabricándose y exportándose hacia países del Sur global con regulaciones más laxas. Mies Bombardi define este fenómeno como “colonialismo químico”. Es decir, los beneficios se concentran en el norte global, mientras los riesgos y la contaminación se desplazan hacia el sur.

Ante esta situación, el campo brasileño se ha convertido en un espacio de disputa, pero la lucha no es solo por la propiedad de la tierra, sino por el modelo de agricultura, por los alimentos que se producen y por quienes asumen los costes de esta producción. Es en este contexto que aparece el Movimiento de los Sin Tierra. Fundado a mediados de los años ochenta, hoy es uno de los movimientos sociales con mayor capacidad de movilización del mundo. Agrupa a cerca de dos millones de personas y unas 400.000 familias asentadas en todo Brasil.

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La tierra, para quien la trabaja

El objetivo principal del MST es impulsar la reforma agraria y garantizar que la tierra cumpla una función social, es decir, que no esté bajo dominio de unas pocas manos, sino que sirva para vivir y producir alimentos. En este sentido, una idea central del movimiento es que la tierra tiene que ser de quien la trabaja. Tal como resume Marquinhos, miembro del campamento Belo Monte, en Canudos (Bahia) “quienes deben tener y poseer la tierra son los agricultores y las agricultoras que intentan mantener a sus familias”.

Para ponerlo en práctica, las activistas del MST siguen un proceso que se repite en muchas regiones del país: familias sin tierra ocupan fincas abandonadas o en desuso, a menudo de grandes terratenientes, e instalan campamentos provisionales. Con el tiempo, y después de negociaciones a menudo largas y conflictivas, en algunos casos acaban siendo reconocidos legalmente y se constituyen como asentamientos. Es entonces cuando las familias pueden quedarse a vivir y disponen de tierras para cultivar.

El verano de 2025, una Brigada de Solidaridad de la Associació Catalana per la Pau convivió durante un mes con miembros del MST del estado de Bahia, en el Noreste de Brasil. Las sindicalistas trasladaron a la expedición catalana que no conciben la tierra como una mercancía, sino como el elemento que hace posible la vida. Por eso, trabajarla y cuidarla es una necesidad y a la vez una responsabilidad.

Dentro de este marco, la agroecología ocupa un lugar central. Producir sin agrotóxicos no es solo una decisión productiva, sino también política. Es una manera de oponerse al modelo del agronegocio y de defender una forma de cultivar capaz de alimentar a la población sin destruir la tierra ni poner en riesgo la salud de quien la trabaja. Los miembros del MST la describen también como una forma de proteger a las generaciones futuras.

Esta relación con la tierra se refleja en la vida cotidiana de los asentamientos. En algunos, hay momentos que recuerdan a un pequeño paraíso rural: aire limpio, agua clara, campos cultivados y una sensación de tranquilidad difícil de encontrar en las ciudades. Aun así, esta imagen convive con muchas dificultades. El acceso al agua, por ejemplo, a menudo es irregular. En algunos campamentos solo hay durante unas horas al día y no siempre llega a todas las parcelas, cosa que obliga a adaptar los cultivos o a limitar la producción.

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Al mismo tiempo, el territorio afronta amenazas ambientales. En el asentamiento de Baixão, uno de los que visitó la brigada, la proximidad de un proyecto minero preocupa especialmente a sus habitantes. “Las primeras perforaciones ya han alterado el color del agua del río, mientras la deforestación previa y las extracciones han empezado a transformar el entorno”, afirmaba Marli, miembro del movimiento. Ante este riesgo, han impulsado iniciativas de preservación, como bancos de semillas para conservar especies locales. De este modo, si algún día ciertas plantas desaparecen, todavía será posible volverlas a plantar.

A todo esto se añade la presión constante de los grandes terratenientes que quieren recuperar las tierras ocupadas, inversionistas que compran tierras con fines especulativos –se conocen como grileiros– y, en algunos casos, las amenazas de pistoleros vinculados a los latifundios. Los desalojos son frecuentes, y hay familias que han sido expulsadas hasta cuatro veces en los últimos catorce años, obligadas en cada ocasión a empezar de nuevo en otro lugar. A pesar de todas estas dificultades, muchas deciden quedarse en el movimiento. La resistencia es una de las palabras que mejor las define. “Si vienen más veces, aquí nos encontrarán. No me pienso marchar”, asegura Genilda, del asentamiento Vale da Conquista, del municipio de Sobradinho (Bahia).

Paralelamente, el movimiento se sostiene también sobre otras bases. Una de ellas es la formación política y técnica, que se lleva a cabo de manera constante a través de cursos, encuentros y espacios educativos pensados para construir conciencia colectiva y capacidad de autogestión. Así, se convierte también en un espacio de reafirmación identitaria: no se trata solo de aprender técnicas agrícolas, sino de entender el sentido político de la lucha que protagonizan y saber qué se defiende y por qué.

Otro pilar del MST es la solidaridad. Durante la pandemia de la covid, por ejemplo, nacieron las llamadas cocinas solidarias, que todavía hoy continúan funcionando. A través de estas, las explotaciones agrícolas de los asentamientos dan parte de sus cosechas para preparar comidas y cestas de alimentos que se distribuyen en barrios vulnerables de las ciudades. En solo quince días pueden llegar a repartir centenares de comidas, hecho que pone en evidencia que, en momentos de crisis, el campo sostiene a la ciudad.

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Espacio de reconstrucción vital

Para muchas personas, el MST es un espacio de acogida y reconstrucción vital. Algunos testimonios explican que antes de llegar vivían en situaciones de exclusión profunda, sin trabajo estable ni perspectivas de futuro. Acceder a la tierra les ha permitido autoabastecerse de alimentos, construir una casa e imaginar una vida que antes parecía imposible.

El sueño que más se repite entre las integrantes del movimiento entrevistadas es, aparentemente, muy modesto: tener un pequeño trozo de tierra. Cuando este sueño se hace realidad, se vive como una auténtica conquista, porque la tierra también aporta autonomía, arraigo y dignidad. Significa acceder al agua, a una escuela para la descendencia y a una comunidad con quién compartir el día a día.

Pero formar parte del MST también implica convivir con el estigma y la discriminación, puesto que, para una parte de la opinión pública brasileña el término “sem terra” se asocia a ocupaciones ilegales o incluso a delincuencia. A menudo, en las ciudades es visto con desprecio o se tiene una visión reduccionista, marcada por el estigma de la pobreza. Aun así, dentro del movimiento esta percepción cambia, y la pobreza adopta otro significado. Muchas voces que forman parte de él reconocen que económicamente no nadan en la abundancia, pero insisten en que la tierra es una riqueza que no se puede medir solo con dinero.

Cuando preguntamos a Benedito, del campamento Terra Nossa, si creía que era difícil mantenerse dentro del movimiento, lo tuvo claro: “lo difícil es no quedarse”.

Texto de Sandra Cuesta y fotografías de Laia Arnau (Brigada de Solidaridad Brasil 2025)

Artículo publicado originalmente en la Revista Directa (junio 2026, núm. 601)

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