{"id":4041,"date":"2018-10-22T10:08:00","date_gmt":"2018-10-22T08:08:00","guid":{"rendered":"https:\/\/brigadesdesolidaritat.org\/?p=4041"},"modified":"2025-05-26T10:54:00","modified_gmt":"2025-05-26T08:54:00","slug":"apuntes-de-una-estada-en-palestina","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/brigadesdesolidaritat.org\/es\/apuntes-de-una-estada-en-palestina\/","title":{"rendered":"Apuntes de una estada en Palestina"},"content":{"rendered":"<div class=\"fusion-fullwidth fullwidth-box fusion-builder-row-1 fusion-flex-container has-pattern-background has-mask-background nonhundred-percent-fullwidth non-hundred-percent-height-scrolling\" style=\"--awb-border-radius-top-left:0px;--awb-border-radius-top-right:0px;--awb-border-radius-bottom-right:0px;--awb-border-radius-bottom-left:0px;--awb-padding-right:0px;--awb-padding-left:0px;--awb-flex-wrap:wrap;\" ><div class=\"fusion-builder-row fusion-row fusion-flex-align-items-flex-start fusion-flex-content-wrap\" style=\"max-width:1430px;margin-left: calc(-4% \/ 2 );margin-right: calc(-4% \/ 2 );\"><div class=\"fusion-layout-column fusion_builder_column fusion-builder-column-0 fusion_builder_column_1_1 1_1 fusion-flex-column\" style=\"--awb-bg-size:cover;--awb-width-large:100%;--awb-margin-top-large:0px;--awb-spacing-right-large:1.92%;--awb-margin-bottom-large:0px;--awb-spacing-left-large:1.92%;--awb-width-medium:100%;--awb-spacing-right-medium:1.92%;--awb-spacing-left-medium:1.92%;--awb-width-small:100%;--awb-spacing-right-small:1.92%;--awb-spacing-left-small:1.92%;\"><div class=\"fusion-column-wrapper fusion-flex-justify-content-flex-start fusion-content-layout-column\"><div class=\"fusion-text fusion-text-1\"><p><span style=\"font-weight: 400;\">Llegamos a casa de <\/span><b>Abu Aiham<\/b><span style=\"font-weight: 400;\">, nuestro primer destino. Nos recibe con su mirada azul, limpia, clara, curiosa, unos ojos redondos sobre un rostro redondo como una luna llena y coronado con unos cuantos cabellos esparcidos y bien peinados. Entramos en la salita de las visitas, sombr\u00eda y bien puesta, y pronto llegan los t\u00e9s azucarados y las bebidas gaseosas servidas por su mujer, Najwa, de ojos vivos y atentos, con quien al cabo del d\u00eda acabar\u00e9 teniendo suficiente confianza como para que me ense\u00f1e complacida las fotos de su reciente viaje a Estambul. Iniciamos una conversaci\u00f3n amable, aparece el hijo y la nuera y los nietos, intercambiamos miradas sorprendidas entre nosotros cuando vemos al mayor, de cinco a\u00f1os, manejando tranquilamente una pistola de juguete. Ese d\u00eda iremos a una boda y los chicos har\u00e1n toda la gresca masculina mientras las chicas visitamos brevemente la sala donde charlan las mujeres. Al atardecer, despu\u00e9s de hacer visita primero a casa del novio y comer una enorme y dulc\u00edsima <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">kunfa<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> -la mejor es la que hacen en Nablus, nos aclara alguien-, y m\u00e1s tarde a casa del vecino, cuando ya haya ca\u00eddo la noche y refresque, sacaremos las sillas de pl\u00e1stico y nos sentaremos en el patio, y hablaremos de la esperanza y del futuro y de la fuerza de la sonrisa, mientras dejamos que lentamente descanse el d\u00eda.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Entrevist\u00e1bamos a <\/span><b>Basila<\/b><span style=\"font-weight: 400;\">, que hab\u00eda sido directora del colegio y ahora, ya jubilada, participa activamente en una cooperativa agr\u00edcola de Kufr Ein. <\/span><b>Salvar la tierra es salvar Palestina, eso es indiscutible. <\/b><span style=\"font-weight: 400;\">Cuando ya casi acabamos interviene en la conversaci\u00f3n una joven de mirada decidida, los ojos brillantes en un rostro bien delineado por el pa\u00f1uelo, de pie enfrente nuestro, su hijo de meses reclinado sobre la cadera. Nos habla en \u00e1rabe y no entendemos las palabras, pero s\u00ed el sentido de lo que dice, el orgullo de ser palestinos y el amor a la tierra y la necesidad de perseverar. Escucharla es como escuchar un largo poema, la belleza de la lengua fluye y la determinaci\u00f3n de qui\u00e9n quiere mirar el futuro de cara, sin miedo ni verg\u00fcenza.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">La violencia no es el camino, Dia hace tiempo que lo tiene claro, dice, pero a veces se te enciende la sangre y no ves otra salida. Como cuando Israel atac\u00f3 Gaza en el 2014 y se te rompe el coraz\u00f3n al saber que han asesinado a tantos inocentes, los ni\u00f1os sobre todo, y la rabia te lleva a ti y a tus amigos a incendiar instalaciones militares, civiles que no tienen la culpa, pero los militares s\u00ed. Y vuelves una y otra vez, hasta que te atrapan y vas a prisi\u00f3n. Nos lo cuenta con un mirar tranquilo, sin remordimientos, convencido que <\/span><b>la lucha ahora pasa por dar a conocer la situaci\u00f3n en que viven los palestinos<\/b><span style=\"font-weight: 400;\">, como est\u00e1 haciendo con nosotros, mientras conversamos en la azotea de su casa, aprovechando la noche y el fresco, en compa\u00f1\u00eda de sus padres y de su mujer y la C\u00edlia, la hijita de meses. Y la lucha pasa tambi\u00e9n por aprender, y por eso quiere ir a profundizar estudios de ingenier\u00eda en Alemania. Y trabajar y aprender y luego volver, claro, volver.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Estamos en Tulqarem. Cada domingo, veinte mil personas atraviesan el largo t\u00fanel de hilados para ir a trabajar o a buscar trabajo en el otro lado del muro del <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">apertheid<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">, en las f\u00e1bricas israel\u00edes. Acostumbran a ser veinte minutos de trayecto, si los soldados no deciden lo contrario. A la una de la madrugada ya hay algunos que hacen cola para ser los primeros cuando abran a las cuatro. Son los que no tienen un trabajo fijo, tan solo un permiso para buscar uno. Cuando salgan al otro lado, esperar\u00e1n que alguien los contrate para el d\u00eda, qui\u00e9n llega antes tiene m\u00e1s posibilidades, y quiz\u00e1 el precio ofrecido ser\u00e1 m\u00e1s alto. De los veinte mil, la mitad se quedar\u00e1n a dormir en el otro lado, donde puedan, para no tener que volver a someterse, cada d\u00eda, a la ida y a la vuelta, <\/span><b>el trago humillante del control de documentos, de los esc\u00e1neres, de las retenciones arbitrarias<\/b><span style=\"font-weight: 400;\">, y volver\u00e1n el jueves, para pasar el fin de semana con sus familias. Una cola inacabable de hombres y alguna mujer que ahora vuelven del trabajo y caminan apresados hacia la reja giratoria y hacia el llano, la mirada cansada, resignada, apagada. Bajo un sol de plomo, se escampan por el mercado improvisando donde quiz\u00e1 compraran alguna verdura y hacia casa, donde sea. Cada d\u00eda que atraviesan el <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">check-point <\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">los arranca humanidad, los ensucia, los somete un poco m\u00e1s.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">El <\/span><b>Rezeq<\/b><span style=\"font-weight: 400;\">, alto y delgado, los ojos peque\u00f1os y concentrados, cigarro entre los dedos, t\u00edmida sonrisa nerviosa en un rostro colorado por el sol, la boca medio desdentada. En el valle del Qan\u00e0, sentados en la sombra de una higuera despu\u00e9s de caminar bajo el sol batiente del mediod\u00eda, mientras sobre un fuego improvisado el agua ya casi hierve para el pr\u00f3ximo t\u00e9, la mirada del Rezeq, habitualmente t\u00edmida, se vuelve melanc\u00f3lica por unos instantes. Ya hace rato que hablamos, me cuenta con precisi\u00f3n los asentamientos que se ven desde aqu\u00ed, arriba de los cerros que definen el valle, y en la libreta amarilla que llevo escribe la lista completa de los que hay en los 220 kil\u00f3metros cuadrados de Salfid. Estamos en un parque natural, zona protegida seg\u00fan afirma el estado israel\u00ed. <\/span><b>Eso quiere decir que los palestinos han dejado de tener acceso<\/b><span style=\"font-weight: 400;\">, tan solo algunos campesinos a\u00fan pueden cultivar peque\u00f1as parcelas. Y no priva que los asentamientos aboquen aguas f\u00e9tidas a falta de alcantarillas. Cuando le pregunto si viene a menudo, con el cigarro siempre en los dedos y mirando justo enfrente nuestro me se\u00f1ala unas ruinas al otro lado del camino y me dice con un punto de tristeza resignada<\/span><b> \u201call\u00ed ten\u00eda la caba\u00f1a donde guardaba las cabras, los soldados me la tiraron\u201d. <\/b><\/p>\n<\/div><div class=\"fusion-separator fusion-full-width-sep\" style=\"align-self: center;margin-left: auto;margin-right: auto;margin-top:0px;margin-bottom:10px;width:100%;\"><div class=\"fusion-separator-border sep-single sep-solid\" style=\"--awb-height:20px;--awb-amount:20px;border-color:var(--awb-color3);border-top-width:1px;\"><\/div><\/div><div class=\"fusion-text fusion-text-2\"><p><span style=\"font-weight: 400;\">Venezolana, palestina, musulmana, la <\/span><b>Nawal<\/b><span style=\"font-weight: 400;\"> vino a vivir a Deir Ballout cuando se cas\u00f3 con un primo del pueblo.<\/span><b> Fue la primera mujer en llevar coche por estas calles<\/b><span style=\"font-weight: 400;\">, acostumbrada como estaba en Venezuela.<\/span> <span style=\"font-weight: 400;\">Y mont\u00f3 la primera guarder\u00eda, que ahora quiere cerrar porque ya hay cinco -una de ellas del ayuntamiento- para hacer un albergue tur\u00edstico, pionera tambi\u00e9n en esto. Nos acoge en la cooperativa agr\u00edcola que fund\u00f3 hace dos a\u00f1os, encantada de contarnos la situaci\u00f3n con pelos y se\u00f1ales, sus ojos que todo lo ven, desbordantes de una energ\u00eda que choca frecuentemente con la resistencia amodorrada de la gente local. Ella no desiste. Es su pueblo y quiere que prospere. Por una pista de hoyos y piedra nos lleva con el <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">pick-up <\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\">hasta tocar el muro del apartheid, que aqu\u00ed es una reja electrificada, y que deja ver, a lo lejos, los rascacielos urbanos de Tel Aviv y, m\u00e1s all\u00e1, el mar. De espaldas al muro, desplegando los brazos y la mirada a su alrededor nos muestra el extenso terreno, ahora pedregoso y \u00e1rido, que cultivaban. La segunda intifada, la que trajo el muro como consecuencia, nos perjudic\u00f3 mucho, dice con la voz mortecina y la mirada de repente afilada y fr\u00eda. Ahora, todo est\u00e1 seco.<\/span><\/p>\n<p><b>Mo\u2019taz<\/b><span style=\"font-weight: 400;\"> es nuestro contacto en Tubas, en la entrada del valle del Jord\u00e1n, donde pasaremos cuatro d\u00edas acogidos y guiados por algunos miembros del gobierno administrativo de la zona, un tipo de diputaci\u00f3n. No habla ingl\u00e9s y nuestro \u00e1rabe es demasiado insuficiente. Las conversaciones pasan por la traducci\u00f3n de Husam, director general en la \u201cdiputaci\u00f3n\u201d, un pedazo de hombre alto y fornido, vestido formal e impecable, con unos ojos verdes y brillantes que se te clavan cuando menos te lo esperas. A pesar de las dificultades idiom\u00e1ticas nos entendemos bien con Mo\u2019taz, parece que, m\u00e1s que con el o\u00eddo, nos escucha con su mirada directa y r\u00e1pida. Capta enseguida lo que nos interesa y lo organiza todo para que podamos entrevistar a las personas m\u00e1s adecuadas. Con \u00e9l vamos a Bardala, <\/span><b>donde cada jueves les cortan unos metros de la ca\u00f1oneada que lleva agua al pueblo<\/b><span style=\"font-weight: 400;\">, para las casas y para los campos, las cosechas sufren mucho. Esta vez han sido ochocientos metros, la semana pasada, doscientos. Nos ense\u00f1a filmaciones donde, en situaciones similares, sale en defensa de los campesinos y se enfrenta en\u00e9rgicamente a los soldados. Con una mirada me pregunta si lo queremos tener para nuestro reportaje. Le sonr\u00edo y le digo que s\u00ed y s\u00e9 que, otra vez, nos hemos entendido.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Visitamos Hakoritna, una peque\u00f1a empresa agr\u00edcola familiar, referente en permacultura. <\/span><b>El muro del apartheid les quit\u00f3 la mitad de las tierras <\/b><span style=\"font-weight: 400;\">y las dos hect\u00e1reas que les quedan, est\u00e1n encajonadas por tres lados: al oeste del muro, al norte y al este una f\u00e1brica de productos qu\u00edmicos posible causante de los elevados \u00edndices de c\u00e1ncer y de embarazos truncados en Tulqarem. Es, por tanto, imposible que a esta familia agricultora les den nunca un sello de agricultura ecol\u00f3gica, aunque trabajan sin utilizar ning\u00fan tipo de producto qu\u00edmico industrial, hasta producen gran parte de la energ\u00eda que consumen y han implementado unos sistemas de aprovechamiento de agua espectaculares por su sencillez, hasta el punto que estudiantes de ingenier\u00eda agr\u00edcola hacen pr\u00e1cticas all\u00ed para conocer c\u00f3mo funcionan. Sus padres, me dice <\/span><b>Aday<\/b><span style=\"font-weight: 400;\"> con los ojos pl\u00e1cidos y el habla calmada, luchan desde hace dieciocho a\u00f1os para donar buen rendimiento al terreno y <\/span><b>defender las cosechas del <\/b><b><i>mobbing<\/i><\/b><b> constante que practica el estado israel\u00ed.<\/b><span style=\"font-weight: 400;\"> Se le llena la mirada de estima y respeto cuando me cuenta haber visto la madre enfrentarse decididamente a los soldados, la barriga enorme de un embarazo a poco tiempo de concluir, y tiene claro que su sitio es aqu\u00ed.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Mi sue\u00f1o es subir al Everest, pero antes quiz\u00e1 hacer el Kilimanjaro, en \u00c1frica. Le brillan los ojos mientras nos lo cuenta con una confianza absoluta y rotunda. Ha terminado ahora los estudios de secundaria y el pr\u00f3ximo curso empezar\u00e1 estudios de ingenier\u00eda agr\u00f3noma a distancia. Se llama <\/span><b>Reef<\/b><span style=\"font-weight: 400;\">. Cuando le pedimos si podemos hacerle un retrato se levanta contenta y nos pide que esperemos un momento. Vuelve con el pa\u00f1uelo puesto con cuidado sobre el cabello, sonriente y preparada para la breve sesi\u00f3n de fotos. Las tres chicas hemos entrado en la casa de un campesino de Bardala y conversamos con las mujeres -la madre y las dos hijas-, mientras los chicos est\u00e1n fuera, con el padre y unos amigos.<\/span><\/p>\n<p><span style=\"font-weight: 400;\">Nos espabilamos con el poco \u00e1rabe que recuerdo y las nociones de ingl\u00e9s de Reef. Conseguimos entender que la madre tuvo que dejar su casa cerca del mar en 1967 y que desde entonces lo echa de menos. De repente, la hija peque\u00f1a se escabulle de la salita y vuelve con un ramo de salvia acabado de recoger del jard\u00edn. La llaman <\/span><i><span style=\"font-weight: 400;\">mirameya<\/span><\/i><span style=\"font-weight: 400;\"> y es especialmente olorosa. <\/span><b>Nos llevaremos, pues, un trocito de Palestina a casa.<\/b><\/p>\n<p><b>Texto de Rosa Mercader Verd\u00e9s y fotograf\u00edas de Juan Carlos Tejerina (Brigada Palestina 2018)<\/b><\/p>\n<\/div><\/div><\/div><\/div><\/div>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Llegamos a casa de Abu Aiham, nuestro primer destino. 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