Voces brigadistas

Existir es resistir
A veces parece que el conflicto palestino-israelí se base solamente en una presentación de argumentos (que podéis encontrar mejor explicados en otros escritos) y que hace falta posicionarse con los que nos parezcan más convincentes o los que refuercen mejor nuestros propios posicionamientos. A pesar de todo, no podemos dejar de decir y de recordar que ambas posiciones no construyen dos grupos homogéneos ni, sobre todo, equivalentes. La relación de poder o fuerza entre una y otra parte es abismal. Mientras el pueblo palestino se tiene que acontentar con la ayuda humanitaria y palabras de buena voluntad, el Estado israelí cuenta con soportes diplomáticos, militares, tecnológicos, científicos e intelectuales de primera orden.
Esta introducción tampoco puede acabarse sin recordar que no se trata de un “choque de civilizaciones” islamjudaista o árabeoccidente, como algunos lo quieren presentar, ni caer en la trampa por la cual todo el mundo que critica Israel es tachado de antisemita (hace falta tener clara la distinción entre “semita” – judíos y árabes son los principales pueblos semitas-, “judío”, “israelí” y “sionista” -el movimiento político pretende apropiarse del resto de categorías-), y es que los palestinos y las palestinas no han de pagar los crímenes del nazismo. Quizá lo entenderemos mejor y sacaremos lecciones útiles si lo consideramos un conflicto causado por un estado ocupante que quiere expulsar un pueblo originario y, paradójicamente, sustituirlo por una población forastera que profese la religión judía.
A tal fin, el proyecto sionista ha comportado genocidios y limpiezas étnicas (Nakba, 1948), ocupaciones (Naksa, 1967) y políticas de separación y aislamiento (muro del apartheid, 2002). Muchas familias han sido divididas y diseminadas internamente y por los países vecinos o más allá al refugiarse / exiliarse; de la Palestina histórica solamente mantienen “cierta autonomía” los territorios ocupados de la Franja de Gaza (dominado por Hamás) y bombardeado contundentemente por Israel a la más mínima “provocación”.
Hay que pararse aquí y señalar el discurso que legitima esta vulneración de los derechos humanos y que dice: “si los bombardeamos es porque han hecho algo”; no nos confundamos, no podemos compartir el discurso del estado dominante que criminaliza a las víctimas y al pueblo oprimido. Este tipo de respuestas a algunos les pueden parecer inadecuadas, pero son del todo legítimas y comprensibles ante una de las ocupaciones más estranguladoras y perfeccionadas nunca vistas.
La población palestina progresista, y sobre todo los jóvenes, critican todas las políticas islamistas de Hamás, pero se alegran de que por lo menos alguien se enfrente a los sionistas y a su Estado a fin de que las vulneraciones de derechos humanos no queden impunes. I es que cuando la población palestina se ha sentado a negociar, como lo ilustran los acuerdos de Oslo de 1993, generalmente ha salido perdiendo.
A lo largo de nuestra visita sobre el terreno, a través de las Brigadas de Solidaridad que organiza anualmente la Asociació Catalana per la Pau y la Fundació Pau i Solidaritat de CCOO, hemos podido conocer diferentes agricultores y agricultoras de los territorios ocupados cisjordanos. Durante las primeras visitas nos llamaron la atención los asentamientos de colonos sionistas. Se trata de colonias situadas en las cumbres de los cerros, continúan un trazo civil-militar, están cerradas y vigiladas, y crecen ininterrumpidamente año tras año, como una mancha de aceite, especialmente una vez finalizados los acuerdos de Oslo. Por si no fuera suficiente que les roben las tierras, no es permitido a sus propietarios legítimos acercarse a las parcelas cercanas a estas fortificaciones, ya que les pueden disparar, excepto un par de días al año.
Los colonos sionistas son agresivos y conflictivos, cercanos a la ultraderecha, realizan incursiones en los pueblos palestinos donde cortan carreteras y pintan frases provocadoras; en los campos que todavía son suyos, cortan árboles fruteros, matan al ganado, introducen el jabalí, roban maquinaria agrícola, coches, depósitos de agua, cosechas… Todo esto sin consecuencias y con el soporte de la policía y del ejército israelíes, sobre todo durante los periodos electorales en Israel, con el objetivo de que la población palestina abandone las tierras agrícolas para apropiárselas.
Debe saberse que mientras los agricultores palestinos, situados en el área C (área bajo el control militar y administrativo israelí), no tienen permisos de construcción ni para restaurar edificios existentes o instalar sistemas de riego permanentes (tienen que utilizar agua de uso doméstico y transportarla en coches o tractores, por lo que les sale mucho más cara), los colonos no pagan impuestos durante 5-10 años, tienen facilidades hipotecarias, reciben subvenciones por el agua agrícola así como pesticidas, herramientas y fertilizantes.
Estos asentamientos artificiales se sitúan en los lugares más fértiles, donde están los recursos que permitirán sostener el futuro del pueblo palestino, como el Valle del río Jordano; desde aquí tenemos la percepción equivocada que Palestina es una tierra árida y desértica, pero en muchos sitios la tierra solo da frutos si se riega; de aquí la importancia del agua que el proyecto sionista ya consideraba estratégico el 1937, años antes de la creación del Estado israelí, cuándo se va a construir la empresa Mekorot.
Los ocupantes expropian los pozos de agua palestinos y extraen, transportan, almacenan y se lucran con el agua empleando tecnología punta sin compartirla con los que habitan cerca de los pozos ni con los pueblos vecinos que, a pesar de su crecimiento demográfico, tienen asignados los mismos metros cúbicos de agua desde hace décadas.
Como resultado de esto, la población palestina debe cultivar plantas estacionales en invierno que consuman mucha agua y vender su fuerza de trabajo a los asentamientos del ocupante -hasta nos hacen saber que hay casos de trabajo infantil– mientras que los colonos disponen de agroindustria de frutas y verduras que riegan todo el año y pueden exportar por todas partes, incluyendo a la Unión Europea. En estas condiciones, es imposible la competencia entre unos y otros productos. Los y las palestinas no piden depósitos de agua ni cañonazos sino poder acceder al agua, un derecho humano necesario para la vida -como también lo es el acceso a la tierra-, que debe ser compartido y que, desgraciadamente, tampoco va a ser tratado durante los acuerdos de Oslo.
Los límites a la libertad de movimientos en Cisjordania es una de las formas más visibles de la ocupación. Muro del apartheid serpenteante de lado, hay puntos de control militar permanentes o flotantes en lugares clave como cruces, se clausuran accesos a pistas forestales y carreteras secundarias, hay restricciones burocráticas a la circulación de personas y mercaderías por medio de diferentes autorizaciones, tarjetas y permisos previos difíciles de conseguir y de poca duración, hay bloques de cemento y vallas de hierro en frente de las entradas y las salidas de pueblos que permiten cerrar todos los territorios ocupados en pocas horas…
Esto restringe y limita todos los ámbitos de la vida: trabajo, comercio, salud, educación, visitas a amigos y familiares, religión, cultura… y afecta sobre todo a las mujeres. Y no solo porque sea necesario disponer de coche y mucho tiempo, sino también porque los registros y cacheos se hace de forma humillante y degradante, hasta significan un peligro para la vida. La pérdida de la continuidad territorial hará inviable un hipotético Estado palestino y, como siempre, la estrategia sionista pretende que la población palestina haya emigrado y no pueda volver.
Por otro lado, los asentamientos de los colonos disponen de buenas carreteras que los conectan directamente entre sí y con el Estado israelí, es cuestión de tiempo que no se permita la circulación a los y las palestinas. Esta es su “democracia”, la de un estado que se quiere “homologar” a la Unión Europea, la que les permite certificar que las armas, drones, equipos de vigilancia y control que comercializan han estado “puestos a prueba sobre el terreno”.
La política divisoria de la población palestina, entonces, no es solamente a nivel territorial, entre la Franja de Gaza y Cisjordania; ni a nivel político, entre Hamás y Al-Fatah principalmente; ni en el interior de Cisjordania, con la desconexión entre pueblos y ciudades, sino que disponen de una Autoridad Nacional Palestina más cosmética que efectiva, ya que la política real -incluidos los contenidos “sensibles” sobre la ocupación a nivel educativo y comunicativo- se encuentran en manos del Estado israelí. Hace una quincena de años que no se convocan elecciones en los territorios ocupados y los representantes públicos han confundido partido y estado, a pesar de no cansarse de reprimir los movimientos políticos alternativos y críticos internos.
Todo esto ha creado un clima de desconfianza interna que hace dudar a los luchadores, ya que tendrán que darlo todo mientras unos otros se benefician; también desorienta a los movimientos, que dudan entre priorizar la solución de dos estados separados o la de un solo estado laico y federal, entre luchar contra la ocupación sionista o la corrupción y la colaboración de la Autoridad y los partidos gobernantes.
Si el Estado israelí representa una amenaza para los derechos y libertades de los pueblos del mundo (recordemos que el CatalanGate de principios de año fue posible gracias al programa espía de origen israelí Pegasus), la resistencia y victoria del pueblo palestina es la esperanza.
Texto y fotografías de Nil Jaile Casademont (Brigada Palestina 2022)


