Voces brigadistas

Palestina, Israel y yo. Un mundo de contradicciones
Cuando miro atrás y recuerdo mis Brigadas, un regusto agridulce envuelve estas semanas en Palestina (donde hice la Brigada) e Israel (omnipresente en Palestina y donde pasé los cuatro últimos días). La contraposición constante entre dos mundos tan diferentes, o más bien tres, teniendo en cuenta el mío propio. Harían falta muchas páginas para explicar todo el contexto socio histórico, y ni tan solo podría hacer una aproximación fidedigna. Así pues, me centraré en mi viaje, en mis sensaciones y mi visión a través del paso por los territorios y las contradicciones culturales que ha ido teniendo.
Palestina. Vida. Luz. Esperanza.
Estuve dos semanas en Palestina con la Brigada de Solidaridad y la contraparte, Palestinian Farmers Union (PFU), formada por seis mujeres, haciendo un documental sobre mujeres.
El primer día lo pasamos en Jerusalén, al recorrer aquellas calles de la Ciudad Vieja, los diferentes barrios, con palestinos, judíos ortodoxos y turistas, tuve la sensación de encontrarme en un parque temático donde todo parece exageradamente irreal. Una mezcla de perplejidad y euforia del inicio de nuestra aventura me poseyó aquellas primeras horas.
Cruzar en Cisjordania fue fácil, no nos pararon en el checkpoint. De hecho nunca nos pararon en ningún checkpoint. Tuvimos suerte. Ramallah, capital política de Cisjordania, es otro mundo. Una ciudad bastante abierta, moderna y llena de colores, sonidos y cosas por hacer. Las personas son amables y muy generosas, hasta el punto de ir por la calle y ser invitadas a una boda. A nosotras, desconocidas, blancas y occidentales. Fuimos el centro momentáneo de atención y, hasta nos dejaron bailar con los hombres. Qué privilegio más extraño, todas las mujeres allí arriba mirando, y nosotras bailando en la pista con los hombres y los niños. Contradictorio.
El viaje por Cisjordania continúa, vamos a un pueblecito comunista, donde nos reciben con los brazos abiertos. Aquí las cosas ya no son tan modernas, de hecho, vamos a dos bodas más y vemos las diferencias. Ahora ya no nos dejan bailar con los hombres, nos tenemos que quedar con las mujeres mirando, desde arriba, como los hombres bailan, comen y se lo pasan bien. Intentamos entenderlo, pero nuestro etnocentrismo nos ciega, ¿por qué no podemos celebrar juntos hombres y mujeres?
Seguimos conociendo territorio, y visitamos la Palestinian Women Developing Center que está situada en la ciudad de Tulkarem. Una de las mujeres nos cuenta cómo fue abusada por el hombre con el que la hicieron casarse y cómo, gracias a la asociación, se pudo separar y puede valerse por sí misma. Aunque nos lo cuenta en árabe y nos lo va traduciendo de tanto en tanto, podemos entender su sufrimiento. Desgraciadamente, esto pasa en todas partes…
Seguimos viajando y conociendo rincones mágicos, tomando cafés especiados, dulces cautivadores, falafels y humus para desayunar, el jardín mágico de Mona… Llegamos a un pueblo donde nos encontramos con Qabalan’s Women Cooperative, y por primera vez, nos quedamos solas solo con mujeres. Hay mujeres de todo tipo, jóvenes que estudian y quieren trabajar o jóvenes que quieren casarse y quedarse en casa cuidando de los hijos, mujeres más mayores con estudios universitarios, otras que se han quedado viudas y son el pilar de la casa, o las solteras que son divertidas y enloquecidas… Mujeres diversas, como nosotras. En el salón de Fátima tomamos té, bailamos, nos contamos nuestras vidas, reímos y percibo esta sensación de sororidad. Yo, que medía sus opresiones con el velo que llevan en la cabeza, me doy cuenta del velo que llevo yo en los ojos. Me lo quito, y nos veo a todas. Este momento revelador me emociona y me llena, de nuevo, de contradicciones. ¿Hasta qué punto nuestro etnocentrismo no nos deja ver más allá de su vestimenta, de su religión? ¿Por qué medimos su feminismo comparándolo con el nuestro?
Seguimos viajando, conociendo, entrevistando a mujeres fuertes, jóvenes, tradicionales y modernas. Son las madres de los palestinos y palestinas que seguirán luchando con su resistencia pacífica. Porque su arma es la fuerza del pueblo, de sus hijos, la prole.
Las Brigadas se van acabando, y a la ciudad más contradictoria de todo el territorio; Hebrón, donde siento, por primera vez en el viaje, miedo por mi vida. Una ciudad palestina, donde el centro está ocupado por colonos y militares israelíes. Allí vivimos la situación más surrealista, paseando por las calles desiertas del antiguo mercado, donde nosotras, turistas, podemos entrar, pero no los vecinos palestinos. Somos observadas con recelo por los colonos que allí viven, los que echaron a los palestinos y viven en sus casas. Es sábado, Sábat, el día sagrado de los judíos y no pueden ni tocar su teléfono móvil. Nos encontramos una visita guiada por judíos en la parte ocupada de la tuba de los patriarcas, toda rodeada de militares muy jóvenes armados de la cabeza a los pies con metralletas y bazocas. Tienen que proteger a los colonos de los palestinos peligrosos, que pueden lanzar, si a caso, una piedra. Tocan a un militar por persona del tour, y nosotras allí, en medio… Sentimos miedo porque no nos sentimos protegidas por estos jóvenes armados, todo lo contrario, ya que estamos del lado de su enemigo.

Terror. Muerte. Oscuridad. Israel.
Las Brigadas se acaban y nos dirigimos a Haiffa, territorio israelí, donde pasaremos la última noche juntas. El Sábat se paraliza todo Israel, no hay transporte público, y nos cuesta mucho llegar a nuestro destino. Finalmente, llegamos a una ciudad limpia, llena de jardines, luces, turistas, restaurantes caros. ¿Hemos vuelto a Europa a través de un portal mágico? No, esto es Israel, un “oasis” de occidente en oriente.
Al día siguiente, al haber acabado la Brigada de la ACP, mis compañeras vuelven a Barcelona. Yo me quedo unos días sola, ya que quiero conocer la otra parte del conflicto desde dentro. Visitando la medina de Akkre, habitada por palestinos del 48, veo esta contraposición con mis ojos. Familias árabes y familias judías en la playa, cada uno con sus costumbres, y pienso, “ojalá pudieran convivir pacíficamente”… Una sensación de esperanza recupera mi corazón, pero al volver a Haiffa me sorprende un gran grupo de militares desfilando por la calle, se me congela la sangre, despierto de mi sueño y tomo consciencia de donde estoy, Israel, el país ultra militarizado.
Voy conociendo gente, pero nunca digo de donde vengo ni que he hecho en Palestina. Voy con miedo, y me refugio en el anonimato del viajero.
Viajo a Tel Aviv, donde dormiré en el apartamento de una chica. Parece abierta. Una noche me cuenta que creció en un asentamiento cerca de Ramallah. Según ella hace unos años estuvieron en guerra, los palestinos los atacaron con misiles y por eso su perro siempre tiene miedo. Justifica el servicio militar como una cuestión inamovible “somos un país nuevo, debemos participar todos. Debemos retornar lo que el estado nos da, si no haces el servicio militar, debes hacer un servicio cívico”, que es lo que hizo ella. Me muero de ganas de decirle cómo viven los palestinos en el campo de refugiados Daesha, o las humillantes detenciones que muchos sufren, o el paso por las cárceles israelíes donde sus familiares no pueden visitarlos durante años. Me muerdo la lengua, escucho con curiosidad y en desacuerdo, con un montón de contradicciones que me remueven el estómago. Me siento como si fuera una espía, rodeada de enemigos, alerta, ya que en cualquier momento me pueden descubrir.
Quedo con un conocido, cuando era más joven estaba muy metido en movimientos antisionistas. Le pregunto sobre el servicio militar, me dice que dura tres años para los hombres, y dos para las mujeres, ellas pueden evitarlo por motivos religiosos. Ellos, si no lo quieren hacer, van a la cárcel. Me explicó que él se libró. Cuando tienen 17 años, a punto de entrar en el servicio, les hacen una entrevista psicotécnica para ver cuál es el cuerpo militar más adecuado para cada uno, y también para comprobar si son un peligro para su propia vida y la de los demás. Si sabes como responder, te califican como no apto. Le pregunto por qué, y me cuenta que “el suicido es la primera causa de muerte en el ejército israelí. No todo el mundo está preparado para ello y menos con esta edad. Para un momento y, muy triste, me dice: “La semana pasada, por ejemplo, se suicidó el hermano de un amigo”.
Terror. Muerte. Violencia en estado puro. Esto es Israel, un país ultramilitarizado, que usa el servicio militar obligatorio para hacer un lavado de cerebro. Debes servir al país, porque “estamos rodeados de enemigos”, como decía mi anfitriona. Y si no te convencen y te quieres negar, a la cárcel que vas. Si tienes suerte y te consideran “loco”, te salvarás, eso sí, con un estigma para toda la vida, no tendrás acceso a muchos estudios ni a muchas profesiones.
Sigo conociendo Tel Aviv, con los mejores clubs de fiesta y una falsa libertad occidental, una sociedad totalmente cegada a lo que pasa fuera de sus muros protectores. Un país donde debes pasar controles de seguridad, hasta para entrar a un mercado, por miedo a los atentados. Un país donde sus jóvenes van a la cárcel o se suicidan por culpa del estado militarizador. Contradictorio. Loco.
Llega la hora de volver a casa y vivo en mi propia piel el aparato represor del estado israelí. Interrogatorio en la entrada del aeropuerto, por si he visitado Cisjordania, ya que no quieren que veas todo lo que hacen. Escrutinio de la mochila y un escáner de rayos X de todo el cuerpo, no sea que me haya tragado una de las abundantes armas que llevan los jovencitos por las calles.
Finalmente, después de pasar dos horas de retenciones, subo al avión y me alejo. No puedo estar más confundida, miles de sensaciones contradictorias me invaden. Por un lado, he conocido el optimismo y la esperanza del pueblo palestino, que nunca dejará de reclamar sus derechos y la dignidad humana. Por otro lado, he visto y he conocido los aparatos del estado israelí, la prepotencia militar que engaña a sus ciudadanos y les hace creer que ellos tienen el derecho divino de poseer la tierra. Y también la cara amarga de personas que se oponen a su régimen con duras consecuencias, o ponen fin a sus contradictorias vidas.
Después de los últimos episodios durante la Gran Marcha del retorno a Gaza, con diversos muertos y centenares de heridos por el ejército israelí, las declaraciones del presidente de EUA reafirmando la hegemonía israelí o el encarcelamiento de Ahed Tamimi, el nihilismo se apodera de mí. Al mismo tiempo, recuerdo a las mujeres que conocimos, su fortaleza, su optimismo y pienso si hay alguna solución pacífica para este contradictorio lugar del mundo, serán las mujeres las protagonistas. La revolución será feminista o no será.
Texto, fotografías e ilustraciones de Raquel Valenzuela (Brigada Palestina 2017)


